Cuentos II

Por favor, una foto más
El sillón hamaca
Yo te absuelvo
¿Maldito despertador?
Bendiciones





Por favor, una foto más

Me senté en el sillón para esperar que ellos se dignaran a aparecer. Desde allí me sentía la peor de las idiotas sin entender por qué me empeñaba en repetir esta situación de la que nadie parecía disfrutar. Lo cierto es que el fotógrafo estaba listo y yo, tres veces al año me ubicaba en el sofá y comenzaba la súplica a mi familia para que accedieran a la foto que nos retrataría felices y unidos.
¿Tres veces al año? Y sí, tres hijos, tres cumpleaños. Así como lo escuchan, tres veces al año me ubicaba en la parte más linda de la casa para aprovechar que todos estábamos bien vestidos, que habíamos llamado a un fotógrafo profesional y que teníamos la obligación moral de no faltar a la fiesta. Esta vez el homenajeado era mi hijo menor.
Supongo que algún retrato familiar habría quedado grabado en mi memoria para indicarme que toda buena familia debía tenerlo, sólo así podría justificar el maltrato al que me veía sometida cuando llegaba este momento.
Mi marido, preocupado por desplegar sus encantos frente a los primeros invitados hacía oídos sordos al pedido de que apurara a nuestros hijos mientras yo me insultaba por creer que podría traerlos: para qué me gasto si no puede hacerse cargo ni de una foto, pensé.
Miré al fotógrafo y le sonreí con complicidad. Él se apoyó en la pared haciéndome ver lo harto que estaba de esperar mientras me miraba con lástima. No era para menos, le tocaba presenciar el ridículo espectáculo de verme sentadita, peinada y perfumada lanzando todo tipo de improperios para tratar de convencer a mi familia de lo fantástico que sería detener ese instante de nuestras vidas.
Me acomodé el pelo al tiempo que me juraba que esperaría cinco minutos más antes de levantarme y arrastrarlos hasta el sillón con alguna penitencia severa a la que ninguno de mis hijos le pondría atención. Controlé el reloj con disimulo mientras el fotógrafo invertía el apoyo del pie derecho al izquierdo y acomodaba por enésima vez la correa que sostenía la cámara que colgaba de su cuello. Los cinco minutos de tolerancia acababan de cumplirse y en pos de la paz familiar decidí esperar tres más. El fotógrafo había optado por no devolver más mis forzadas sonrisas y su mirada transmitía con claridad la bronca que le daba pensar en lo que debía hacer para ganarse unos pesos miserables.
Siete minutos, ocho. Me levanté mientras ensayaba el discurso con el que confiaba conquistarlos: son unos egoístas, piensen en el pobre hombre que está parado desde hace una hora sólo para ganarse unos pesos mientras ustedes no se dignan a aparecer.
Partí en busca del que cumplía años, era el más chico y la tarea de arriarlo podía ser más sencilla si consideraba que la adolescencia de los otros dos convertía todas las actividades de la vida en una desalentadora propuesta. Sus invitados jugaban en el patio pero yo sabía que él debía estar encerrado en su habitación para hacer el recuento de los regalos recibidos, era el comerciante de la casa y los números lo sumergían en un verdadero éxtasis. Para él la vida era sinónimo de cuánto, pero no por el poder de tener más sino por la sencilla razón de calcular y calcular. Ahí estaba, sentado en su cama contaba una y otra vez los regalos mientras imaginaba el gasto personal al que se habían sometido cada uno de los invitados, los trueques futuros que haría para acrecentar su patrimonio y hasta cuánto había gastado él en esta fiesta que le interesaba poco. Traté de conquistarlo con palabras tiernas porque recordé que era su cumpleaños; lo ayudé con la cuenta final de los regalos y di mi golpe maestro cuando le hablé de las nueve fotos que testimoniaban su edad y de las dificultades con que se encontraría cuando quisiera hacer algún cálculo y no encontrara la de este año. Pensó un ratito y accedió así que de la mano nos encaminamos hacia lo que de verdad sería una difícil tarea: persuadir a sus hermanos. Pasamos por la habitación de su hermana pero los gritos que siguieron a la apertura de la puerta me llevaron a pensar que quizás no se notaría tanto si faltaba en la foto. Tomé aire mientras me mordía el labio inferior en señal de que mi paciencia se iba agotando y refuté cada uno de sus argumentos: ponete cualquier cosa, todo te queda bien, ya sé que no te gustan las fotos, sólo por esta vez, te prometo que nunca más, somos las únicas mujeres y no podemos permitir que los hombres tomen la manija de la casa. Algo funcionó, saltó de la cama y abrió el ropero mientras pretendía frenar la caída de la ropa que amontonaba a presión. Murmuró algún insulto que no pude descifrar y aseguró que en breve estaría sentada en el sofá a la vez que me recordaba la horrorosa vida que le había tocado.
Seguí caminando por el pasillo sin soltar la mano de mi hijo más chico, no podía darme el lujo de perder el único adepto seguro que había conseguido. Llegué a mi habitación, mi hijo más grande estaba desparramado en la cama, jugaba con el control remoto del televisor, contemplaba orgulloso su imagen en un espejo y se acomodaba el pelo mientras hablaba por teléfono para tratar de levantarse a alguna chica a fin de asegurar la diversión de esa noche. Utilicé todos los gestos que aprendí en las largas charlas que había mantenido con los alumnos sordos que asistían a la escuela en la que trabajé por años y me cuidé de entrelazar las manos en forma repetida para dejar claro que aquello era una súplica. Sin dejar de hablar me atravesó un pobrecita con los ojos a la vez que me hacía señas de que iría enseguida.
Seguí aferrada de la mano del homenajeado y lo miré satisfecha, lo que seguía era sencillo; una entonación particular para llamar a mi esposo lo traería de inmediato al sillón.
El fotógrafo, cansado por la espera había abierto la puerta de calle a fin de tomar un poco de aire. Su cámara estaba abandonada arriba de una mesa y le sugerí que volviera a colgársela. Obedeció con pocas ganas pero sonrió al ver que llegaban los otros integrantes de la familia. Me senté junto al que tenía firmemente agarrado mientras los demás se acomodaban sin dejar de manifestar su desagrado y comentar lo loca que estaba su madre.
Delante de nosotros el fotógrafo daba las últimas directivas: un poco más cerca, bajá la pierna, correte un poquito, traten de sonreír. Todo estaba listo y yo sólo deseaba escuchar el clic que daría fin a tanto esfuerzo. Algunos invitados nos miraban desde lejos sin sospechar el tiempo que había tenido que invertir, entonces recordé lo cansada que me sentía, pensé que el colegio de mis hijos me pedía todos los años una foto de toda la familia y nunca me la devolvía, miré la cara de tranquilidad de mi esposo, observé el apuro de mis hijos por salir de allí, mandé a pasear al fotógrafo y me levanté. Todos confirmarían la locura con la que les gustaba definirme pero me retiré complacida al tiempo que me prometía desterrar cada una de las idioteces que rodeaban mi vida.

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El sillón hamaca

El sillón hamaca era muy viejo. En los bordes la pintura se había saltado y se veían los colores que alguna vez había tenido. Ahora lucía un verde rabioso que combinaba con la lona rayada del asiento y del respaldo.
Mi abuelo, un gallego bajito y pelado, lo arrastraba hasta la vereda de su casa para hamacarme en él. Yo lo esperaba afuera y me reía mientras lo veía venir: una panza inmensa con pantalones demasiado altos traía a cuestas un sillón que parecía a punto de desarmarse.
Al llegar a la puerta se detenía y apoyaba el sillón a un costado, sobre la hoja de la puerta que siempre permanecía cerrada. Primero salía él y una vez afuera agarraba el respaldo del sillón mientras maldecía a las patas que se trababan en todos lados.
Mi niñez no toleraba tanto tiempo.
- Apurate - le gritaba -, sos demasiado lerdo.
Él fruncía la boca, movía la cabeza de un costado a otro y decía: ya va, ya va.
Abría el sillón, se sentaba y yo me tiraba en su regazo. Los pies apoyados sobre las patas gastadas del sillón se movían para hamacarnos. Comenzaba entonces con su repertorio de canciones. Las había traído de su infancia en España y yo las repetía bajito para tratar de grabar cada palabra. Eran tres o cuatro, pero suficientes como para deslumbrar a mis amigas.
Los movimientos del sillón seguían las melodías; un empujón más fuerte me hacía prenderme de la camisa por temor a caerme mientras mi abuelo sonreía.
Cuando se le terminaban los cantos bajaba los pies para frenar el sillón. Yo lo dejaba descansar un ratito pero enseguida le pedía que me contara alguna de sus historias.
- El muro – le decía -, pero contame la verdad.
Nos hamacábamos de nuevo y me sonreía con complicidad, a los dos nos gustaba ese relato. Sus ojos miraban fijo los apoyabrazos del sillón mientras pasaba el dedo por los bordes descascarados. La historia siempre comenzaba igual: yo vivía en un pueblo muy chiquito que está rodeado por una muralla. Lugo, ese es el nombre. Ahí se detenía para esperar mis interrupciones, mis preguntas siempre eran las mismas: ¿de verdad que es un pueblo con muro? ¿Cómo pueden hacer un muro tan largo?
Entonces me hablaba de la muralla que rodeaba a su pueblo: “diez metros de altura”, “defenderse de los que querían atacarlos”, “romanos”, “seis metros de ancho”. Yo lo escuchaba pero sus explicaciones no eran interesantes, yo sólo necesitaba saber si un muro tan grande podía existir.
Le pedía que detuviera el sillón, giraba mi cuerpo para mirarlo y le sostenía la cara con las manos. Mis ojos quedaban pegados a sus lentes para que sólo me viera a mí. Escucháme, le decía, ¿de dónde sacan tantos ladrillos? Y sin darle tiempo para responder volvía a preguntar, ¿todos los hombres que viven ahí saben hacer muros?
Lo escuchaba reír con ganas y me daba rabia que no encontrara las palabras para mostrarme un pueblo con muro. Me quedaba seria para que le diera más importancia a mis preguntas, ¿cómo hiciste para salir de tu pueblo, tuviste que saltar ese muro? Explicáme cómo hiciste, le repetía, mientras saltaba de su regazo y me ponía de pie.
Mis dudas no acababan nunca, ni siquiera podía imaginarlo: cómo sería el muro por el que mi abuelo había pasado alguna vez.
Volvía a sentarme y me acurrucaba en sus brazos y su mundo.
Los chillidos del sillón indicaban que nos movíamos de nuevo. Seguía hablando de la pobreza de esas épocas y la guerra civil de la que había tenido que escapar pero yo no escuchaba más.
Un pueblo con muro, me repetía por lo bajo mientras seguía con el cuerpo el vaivén del sillón.

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Yo te absuelvo

Hombre y mujer salvaje: de Nuremberg Schembartbuch, c. 1680
Tiene que ser hoy, se dijo. Su esposo se estaba bañando así que aprovechó para esperarlo en la cama. A los pocos minutos él pasó a su lado y sin mirarla se metió debajo de las sábanas. Clara se tragó las ganas de hablarle. Había prendido el televisor y simulaba estar atrapada en alguna película de las que tanto le gustaban.
Él dio vueltas en la cama para que supiera lo molesto que estaba. Los enojos del marido eran silenciosos pero aquella situación le parecía muy tonta para dos personas que estaban juntas desde hacía diez años. Ensayó por lo bajo las palabras que hubiera querido decirle pero se arrepintió de inmediato. No le voy a dar el gusto, se dijo, y decidió guardar las palabras para otra oportunidad mientras se juraba no caer de nuevo en ese estúpido juego. Al fin de cuentas, las charlas nunca habían dado mucho resultado.
Clara dejó pasar unos minutos, los suficientes como para calmar la bronca. Luego apagó la luz y en la oscuridad programó el televisor, a los treinta minutos se apagaría. Las imágenes mostraban a una pareja que se besaba con pasión, no pudo evitar una sonrisa pero se dio vueltas para no ver más. Con dos golpecitos la almohada pareció inflarse de nuevo, acostada sobre ella miró la espalda de su esposo. Sus piernas buscaron las de él pero era difícil alcanzarlo. Cuando estaba enojado se limitaba a ocupar la mitad del colchón que le correspondía.
Sacó la mano que había colocado debajo de la almohada. Las ganas de acariciarlo se enfrentaron contra lo que su esposo quería convertir en una obligación. Le rozó la espalda y se detuvo. Sabía que no estaba dormido. Las yemas de los dedos trazaron líneas que caían desde los hombros y las sábanas se deslizaron apenas para confirmar que él había sentido el calor de sus manos. Clara entendía lo que quería decirle. Miró el televisor y se detuvo, las imágenes atentaban con adormecerla. Pensó en abandonarlo todo pero no estaba dispuesta a tolerar los silencios que darían vuelta al día siguiente. Las caricias se repartieron entre las dos manos y el contacto fue una súplica. Su esposo no dejaría pasar esta oportunidad. Él respondió de inmediato a aquel ruego y se movió con la certeza de acortar los centímetros que separaban los cuerpos.
Ya está, pensó, es su forma de decir que me perdona. Y se odió por dejarlo creer que buscaba su perdón.
Las manos que habían marcado la espalda varonil cayeron sin fuerza. Los brazos del esposo la rodearon mientras ella calculaba cuánto faltaría para que el televisor se apagara, el vidrio de la ventana aún reflejaba luces de colores.
Él se inclinó para sacarle la ropa. Las caricias la recorrían entera pero la humedad de los labios se demoraba en el vientre.
Cerró los ojos, la respiración jadeante retumbaba en la habitación. Besó con furia el pecho del marido mientras los dedos se abrían paso entre las piernas. El sudor de los cuerpos los atrajo.
El televisor que se apagaba fue un fogonazo, el mismo que sintió cuando él la penetró. Desde lejos creía escuchar voces que la nombraban para retenerla.
Clara abrió los ojos para buscar la lucecita que confirmaba que el televisor seguía allí. Cuando el punto rojo se hizo visible volvió a cerrarlos mientras apretaba las manos que la aferraban al colchón. En la oscuridad de la habitación olvidó la luz y las voces para sumarse a los movimientos de su esposo. De pronto era una mujer abandonada en los brazos de un hombre. Los movimientos la sacudieron con violencia y el deseo los desbordó.
Cuando abrió los ojos descansaba sobre el cuerpo de él. Pasó la mano por las sábanas frías y volvió a su lugar en la cama.
Ya está, pensó, ahora todo volverá a estar bien. Sabía que esto era suficiente para que su marido creyera en la felicidad del matrimonio. Le había dado lo que él necesitaba, ahora volvería a creer que era su dueño.
La voz de él sonó entrecortada por la respiración. Lo escuchó pronunciar su nombre mientras le tocaba la cabeza. Había sido perdonada.
Clara cerró los ojos y una lágrima terminó de caer. La luz roja del televisor se veía opaca a través del llanto. Lo encendió mientras pasaba la sábana por su cara. En unos segundos buscaría de nuevo la película que había abandonado.

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¿Maldito despertador?

Reloj despertador - Diego Manuel
Miré el despertador para comprobar lo que ya sospechaba. Media hora de retraso. Pensé en la noche que había pasado y las palabras de una amiga retumbaron en mis oídos.
-Decidíte, lleválo a vivir con vos o dejálo. Un amante sólo te complica la vida.
Tenía razón. Un amante me complicaba la vida. Por su culpa no había escuchado el despertador. Por lo general no estaba acostumbrada a culpar a los demás de las cosas que me salían mal, pero esta vez era así, él tenía la culpa.
Mis opciones eran tres. Podía convertirlo en un marido con permanencia diurna y nocturna, con las molestias que eso podría ocasionar. Podía sacarlo de mi vida en forma definitiva y permanente, lo cuál era bastante aceptable dada la bronca que cargaba ese día; o seguiría tolerando la situación sin cambiar nada, y sin olvidar que de vez en cuando me quedaría dormida.
Mi amiga hablaba de una cuarta opción, pero yo ni siquiera quería considerarla: un analista puede darte una mano, tenés que aprender a decir no.
Reconozco que lo último me hubiera ayudado aún en otros ámbitos de la vida, pero por ahora sólo me interesaba resolver esto: no volver a quedarme dormida.
Había ocupado mucho tiempo en organizar mi vida, todo en ella era planificado y no aceptaba sobresaltos.
De lunes a viernes atravesaba la puerta del edificio para cumplir con mis funciones de secretaria. Entraba a las nueve de la mañana, justo cuando el encargado del kiosco de revistas que estaba en la vereda recibía la primera edición del matutino, y me iba del lugar en el instante en que el diariero acomodaba los ejemplares de una revista femenina que salía al atardecer.
A las nueve de la noche cenaba en compañía de una película alquilada y a las doce y quince me ponía la crema que, según la publicidad, me ayudaba a mentir la edad.
Un amante lo alteraba todo. Y así había ocurrido ese día. Atender el teléfono había sido un error.
-¿Podemos mirar la película juntos? Te prometo que sólo me quedo hasta que termine.
-No me hagás esto, mañana tengo que trabajar- le respondí.
Los dos sabíamos que en segundos lograría convencerme.
El portero eléctrico sonó a las nueve. Abrí la puerta y un ramo de flores se interpuso. Pensé que mi amante querría algo más que ver una película. Un beso apasionado me llenó de dudas y el acoso al que me ví sometida mientras intentaba llenar el florero con agua, terminó de confirmarlas.
-No te imaginás lo que cociné- le dije para tratar de que su estómago le hiciera olvidar otro tipo de apetitos. Sin darle tiempo destapé la olla, sabía que el olor a comida me ayudaría a mantenerlo quieto.
La película comenzó cuando terminé de llenar las dos copas de vino. La había alquilado siguiendo las recomendaciones de una amiga sin saber que esa noche estaría acompañada. Intentaba concentrarme en ella pero sólo rezaba en silencio para que las escenas no incentivaran a mi compañero. Debí haber elegido una de Disney, pensaba.
A las once y media, con la película a medio terminar y unas cuantas copas de vino encima, mi compañero no lograba detenerse. Miré fijo el televisor para que creyera que no quería perderme el final. Una mano tiró la copa de vino que cayó sobre la fuente pero mi amante nunca registró la sonrisa de odio que deslicé para él. Tampoco pudo sospechar para quien iban dirigidas las palabras que se me escaparon: ¡qué pesado!
Mi amiga tenía razón, tenía que aprender a decir no.
A las doce y quince recordé la crema para las arrugas, mi compañero me esperaba en la cama y pensé “¿descubrirán mi verdadera edad si no la uso una noche?”
La remera cayó a los pies de la cama y las manos de él recorrieron mis hombros. Olvidé los horarios y la vida planificada para sumergirme en sus brazos.
Pero también olvidé programar el despertador.
Cuando abrí los ojos lo supe. Media hora de retraso.
Un amante me complicaba la vida. Y las opciones eran tres. Me cambié con rapidez, no quería faltar al trabajo. Prendí la cafetera eléctrica, busqué una lapicera y escribí la nota.
Tomé un sorbo de café y salí a las corridas.
Cuando él se levantara encontraría la hoja sobre la mesa del comedor: “Traé todas tus cosas, te quiero viviendo conmigo. Pero a vos te toca programar el despertador.”

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Bendiciones

Llegaron al atardecer, charlaron con mi padre sobre el nuevo trabajo que debería conseguir para alimentar otra boca y entraron a la habitación en la que nos encontrábamos mi madre y yo.
Ese día las vi por primera vez. Desde los costados de la cuna, unas cabezas cubiertas con pañuelos negros me dispararon miradas El Campesino - Simón Silvacomplacientes. La más vieja puso una mano debajo de mi nuca, otra en la cola y me levantó como un trofeo. Desde lo alto las escuché. Una a una rezaban las bendiciones que me protegerían a lo largo de los días.
-Que tenga salud para trabajar duro.
-Así sea -repetían las demás.
-Que consiga una buena mujer que le dé hijos.
-Así sea.
-Que pueda salir del pueblo.
Mi padre estaba parado en el umbral del dormitorio armando el cigarrillo que fumaría más tarde. Cuando escuchó la última bendición, su voz ronca se interpuso al “así sea” de las mujeres. La bendición sonó como un ruego.
Las invocaciones terminaron y las mujeres partieron dejándome en brazos de mi madre. El rostro de alivio de mi padre me tranquilizó, estaba protegido para el resto de los días.
Así llegué a mi pueblo, con las bendiciones que me ayudarían a abandonarlo. Vivir era el equivalente a mantenerme sano para poder trabajar mucho, buscar una buena mujer para tener hijos y salir cuanto antes del pueblo.
En esos tiempos vivíamos en una chacra que mi padre había heredado de los suyos. Me gustaba crecer allí, pensaba que la libertad se medía por la extensión del lugar. Y cien hectáreas me convertían en una de las personas más libres del mundo.
Las tierras de la familia quedaban a la entrada del pueblo. Unos cuantos pasos me acercaban a la calle principal y hacia allí fui para comprar lo que mi madre necesitaba.
-Pronto vas a estar para pantalones largos -dijo Don Juan, el peluquero.
Desde el bar de enfrente, dos gordos gritaron: y tu padre, hasta cuándo nos va a dejar esperando acá. Más allá la “Bruja” que siempre barría la vereda.
La distancia se medía por personas: caminá hasta lo de Don Juan, doblá para lo del Pelado, pasá por lo del ruso. Así me había dicho mi padre la primera vez que me largó solo por el pueblo.
Y lo tenía bien aprendido, mientras caminaba repetía: ahora Don Juan, ahora el Pelado.
-Y si se muere alguno -pregunté en ese entonces-,¿voy a perderme?
-No vas a perderte, no es fácil sacarnos este lugar de encima.
Así fue, el Pelado se volvió tan flaco que terminó muriéndose, pero yo seguí repitiendo “ahora el Pelado”, cada vez que pasaba por su casa.
-Avisále a tu madre que llegaron las telas para los vestidos de tus hermanas, me recordó la dueña de la tienda de la cuadra siguiente.
En las esquinas, cabezas con pañuelos negros cuchicheaban a toda hora.
El tiempo parecía un invento, en el pueblo nunca pasaba nada, sólo canas, gordura y alguna muerte marcaban el paso de los años.
Con la lista en el bolsillo llegué al almacén de ramos generales. La espera podía ser larga pero valía la pena. El dueño del almacén respetaba a mi padre, había vendido durante años la mercadería a mis abuelos y eso los convertía en amigos. Atravesé las persianas de chapa y los mostradores me asomaron a un mundo increíble: latas de galletitas, frascos con caramelos coloridos y bolsas que chorreaban harina, garbanzos o maíz. En un costado, la gran balanza con la que el dueño del almacén controlaba mi peso cada vez que iba a comprar algo. Arrimé la silla y subí. Desde arriba los veía sacar y poner pesas hasta dar con mis gramos.
Sobre un pedazo de papel de astrasa el dueño envolvió golosinas: colocó en el medio los caramelos y con un movimiento muy rápido cerró el papel para terminarlo en dos orejas que retorció una y otra vez. Era su regalo cada vez que iba de compras.
Cuando el sol estaba sobre nuestras cabezas mi padre llegó a buscarme en su jardinera.
“No es bueno caminar sin sombra,” repetían las viejas del pueblo. Y todos lo creíamos.
Unos minutos de charla eran todo lo que mi padre toleraba: “no quiere llover, se va a perder la cosecha.”
El sol nos hervía el cerebro así que partimos a la casa. Nuestro viejo caballo era lento y yo agradecí su pereza, me gustaba estar a solas con mi padre.
El viento norte azotó la siesta. Ráfagas de tierra envolvían ramas y basura que daban vueltas por el medio de las calles. Mi padre se refregó los ojos y puso la palma de su mano sobre los míos.
-Esta tierra está maldita –dijo- nunca nos va a dar una buena cosecha. Mató a mi padre y ahora me matará a mí. El cielo está en contra nuestro.
Con temor escondí la cabeza en su pecho, debajo del saco gastado. En mi recuerdo la voz ronca sonaba de nuevo para protegerme.
-Que pueda salir del pueblo.
-Así sea.
Veía a mi padre pelear duro contra aquella tierra y comenzaba a dudar que la libertad fuera gran cosa. Convencido de que la naturaleza era su peor enemiga miraba al cielo para adivinar el futuro castigo. Las lluvias siempre aparecían en mal momento.
El carro levantaba una nube de tierra que mi madre divisaba desde lejos, entonces abría la puerta de la casa para que pudiésemos entrar lo antes posible.
-Corran, a esta hora sólo andan las iguanas.
Todos en el pueblo lo sabían. “Espíritus malignos pasean a la siesta, sólo ellos aguantan este infierno”, repetían las viejas. Los humanos desocupábamos la tierra y escondidos en las casas dejábamos el pueblo para las iguanas.
Mi madre corría las cortinas para oscurecer la casa y acostaba a mis hermanos. A mí me dejaba espiar por la ventana con la condición de que no contara lo que pasaba afuera.
Comí rápido para verlas. Desde la ventana entreabierta eran puntos oscuros acomodando sus colas sobre la tierra maldita. Con paso lento llegaron desde donde permanecían ocultas para mirar al sol con las bocas abiertas. Cuando las vi moverse supe que eran las cuatro de la tarde. Las campanadas del reloj que colgaba en la cocina lo confirmaron, a las cuatro volvían a sus refugios.
Las mismas campanadas le avisaron a mi padre que podía salir. Con una azada al hombro y la gorra que “nunca hay que olvidar”, según las palabras de mi madre, se encaminó hacia la huerta para arrancar los yuyos.
Yo no me había movido de la ventana. Y desde allí lo vi caer al suelo.
-Fue el calor, dijeron las viejas.
Gritos, corridas y silencios me avisaron que estaba muerto. Unos hombres taparon los muebles con sábanas blancas y pusieron en el medio de la habitación el cajón en que acostaron a mi padre. Alrededor de él, las sillas para los que vinieran a despedirlo.
Mis hermanos y yo, vestidos con la ropa que sólo usábamos para los días de fiesta permanecimos sentados al lado del cajón. Junto a nosotros, mi madre. El pañuelo con que se secaba las lágrimas tenía un bordado rosado que ella mordía y mordía.
De reojo miré las sillas ocupadas por la gente del pueblo y repetí: doblá para lo del Pelado, pasá por lo del ruso, ahora la “Bruja”…El pésame de alguno que llegaba interrumpía el recorrido.
-Lo siento mucho, él sabía que no iba a salir del pueblo.
-Igual que su padre…dejó la vida en esta tierra.
El sol estaba saliendo cuando desperté, alguien me había llevado hasta la cama. Las viejas del pueblo levantaron a mis hermanos y prepararon el desayuno. Mi madre nos llamó a su lado mientras unos hombres vestidos de negro ponían la tapa al cajón.
Me paré en puntas de pie para verlo por última vez, un hilito de saliva caía por la boca entreabierta. La más chica de mis hermanas se prendió a mi pantalón, la alcé para que mirara, necesitaría alguien que me ayudara después a hablar de este padre metido en un cajón.
Dentro de la tierra revuelta dejamos a mi padre. Tapado por la tierra que odiaba.
El viejo caballo nos trajo a casa mientras la siesta empezaba a hacerse sentir. Mis hermanos miraron con miedo a mi madre que no paraba de azotar al caballo para que apurara el paso.

El día de mi cumpleaños número dieciocho me levanté más temprano que de costumbre, la bicicleta nueva me esperaba adentro del galpón en el que conservábamos los restos del carro que habíamos usado hasta que el viejo caballo dijo basta. Me subí a ella para recorrer las calles del pueblo: Don Juan, la Bruja…me costaba recordarlos.
Cuando regresé mi madre y mis hermanas me esperaban con una sorpresa, unos parientes que vivían en la ciudad estaban dispuestos a recibirme en su casa. La voz emocionada de mi madre no paraba: tenés todo el día para despedirte del pueblo, salís al amanecer…tu padre estaría muy feliz.
Miré hacia el umbral del dormitorio y lo ví, armaba el cigarrillo que fumaría más tarde. Su voz ronca sonó como un eco, “que pueda salir del pueblo”.
A la hora de las iguanas fui al cementerio, las súplicas de mi madre no lograron detenerme. Sobre la tierra que cubría a mi padre asomaban algunos brotes de pasto. Hundí los dedos y los arranqué. Las uñas sangraban cuando dejé de sacar tierra, la cara de mi padre nunca apareció. Pasé un largo rato a su lado, le devolví las bendiciones y le hablé de mi vida.
No hubo iguanas esa siesta, unas nubes me cubrieron de regreso a casa. Tendría hasta el amanecer para pensar si quería dejar mi pueblo.

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