Cuentos I



Matanza colectiva
La vincha roja
El sello
Bienvenidos
Gestión municipal
Inocente






Matanza colectiva

"Ira" - Mario Donizetti
El equipaje estaba listo y quedaba una hora y media para salir. Faltaba poco y mi esposo consideró que era un buen momento para comenzar la persecución telefónica que involucraría a cualquiera que tuviera un pariente, conocido, amigo de la infancia, ex mujer, acreedor o lo que fuera en la provincia de Córdoba. Los que lo conocemos sabemos cuánta plata ganaría mi marido si conociera las bondades del silencio pero nunca le interesó demasiado el dinero y estaba ansioso por ser amable con sus amigos.
Siempre aparece algún desubicado para aprovecharse de él. Y esta vez también apareció, sólo que no necesitaba que lleváramos saludos o cartas, el paquete era más pesado. A las tres y media partiríamos con los padres de Pablo en el asiento de atrás, justo en el lugar dónde yo pensaba poner el bolso con mi ropa. Ahora tendría que tirarlo en la parte descubierta de la camioneta y dejar que mis queridos pulóveres se tragaran la tierra del camino.
Escuché la novedad y caminé derecho al baño, esa parte de la casa es mágica para mí. Ahí voy cuando termino mis sesiones con el analista, ahí voy cuando quiero llorar con ganas y ahí voy, como en este caso, cuando estoy pensando en serio concretar el asesinato que cambiará mi vida. Imaginé qué arma podía ser la más adecuada, busqué el lugar en que la sangre sería más fácil de limpiar y cuando todo estaba consumado en mi cabeza y pensaba por qué no me había decidido antes, me miré en el espejo y dije: y bueno, a seguir. Sonreí por lo linda que me veía después de un crimen tan atroz y salí.
Un bocinazo me indicó que mi esposo esperaba en el vehículo, subí a la camioneta y cargué mis cedés y los libros que podrían desconectarme del mundo.
Buscamos a nuestros compañeros de viaje a los que saludé con la sonrisa a la que apelo cuando algo no me gusta; la boca bien abierta y los dientes completamente a la vista.
Nos esperaban novecientos kilómetros así que en bien de la tolerancia que tanto proclamo, les daría una tregua de treinta kilómetros y los dejaría hablar. Pasado ese tiempo la cara de asco que ensayo cuando tengo mucha bronca sin duda ayudaría para que guardaran silencio.
La mujer no necesitaba permiso para hablar, las palabras se le atragantaban y salían escupidas mientras yo mantenía fijos los ojos en el camino para que ella no creyera que la cantidad de plata que tiraba su nuera o la asiduidad con que su vecina cambiaba de amante podían llegar a interesarme. Debe de haberlo advertido, quizás debí contestar algo en un momento de la charla y no lo hice, lo cierto es que a partir de ahí todo se complicó. Ahora no sólo hablaba sin parar sino que se prendía de mi hombro para que la escuchara; recordé el esfuerzo de mis padres por inculcarme algo de buena educación y giré el cuerpo los treinta grados que mi tolerancia podía resistir a fin de que creyera que le prestaba atención.
Los kilómetros impuestos para la tregua habían pasado, era el momento de probar el equipo de audio para disfrutar del viaje así que preparé el cedé grabado a las corridas.
Todo lo que quería era escuchar dos temas que había bajado en la computadora. No pedía más que eso y para enfrentar la sensación de que algo iba a arruinarlo me repetía: tranquila, es tan poco lo que querés. Puse el cedé y fui subiendo el volumen, nadie decía una palabra y yo le rezaba a los santos que había conocido durante mi paso por el colegio de monjas para que mis acompañantes permanecieran mudos. Cuando el tercer tema se oía mi compañera de viaje levantó la mano como la aplicada estudiante que pide permiso para hablar; debía creer que de verdad el que calla otorga porque mi silencio fue suficiente para que retomara su tema favorito: la histérica nuera. Esa canción era una de las dos que ansiaba oír pero ni los santos a los que les había rezado podrían ayudarme a escucharla entera. Con resignación apagué el equipo de audio y cambié la música por el libro pero me di cuenta al instante que sería una misión imposible. La voz de mi acompañante se mezclaba con las palabras de un escritor colombiano al que buscaba descifrar y que hubiera requerido un silencio absoluto.
Llegamos a la primera estación de servicio y por primera vez agradecí que la camioneta tragara semejante cantidad de combustible. Bajé para escaparme directo al baño cuando escuché la voz que desde horas antes me carcomía el cerebro. Quería que la esperara, le dolían los huesos y necesitaba apoyarse en mí. Le di el brazo y me sentí la mujer más desgraciada del planeta, pensé en mis dos años de análisis, en las mujeres que luchan desde hace un siglo por la liberación femenina, en el cuento de la paz hogareña y hasta en lo tonto que parecía el logro del sufragio al lado de esto. De pronto se me ocurrió, debía haber una fosa cerca, todas las estaciones de servicio la tienen así que miré a los costados y la encontré. Siempre me había parecido inteligente no tener que acostarse debajo de los autos para revisarlos, pero ahora sentía que ése era el descubrimiento del siglo. Arrastré a la mujer colgada de mi brazo hasta el borde y apelando a la poca resistencia que opondría debido al malestar de sus huesos le di un envión que terminó con su cuerpo en el fondo. Esperé que las piernas dejaran de temblarle y lamenté ver las manchas de grasa sobre su blusa; la fosa estaba de verdad muy sucia. Me arreglé la pulsera que casi me arrancó cuando buscaba agarrarse de mí y sonreí con orgullo.
Sin atender a sus dolores ni a los labios que no paraban de gesticular la llevé al baño, me miré en el espejo y me vi más linda que antes.
Todos me esperaban para continuar así que seguimos viaje entre los cráteres que testimoniaban que alguna vez había existido el asfalto. Adentro de la camioneta mi libro y los cedés caían a cada rato para recordarme que estúpido había sido cargarlos.
Oscurecía y eso podía ser un aliado para los deseos de que se quedaran dormidos. Casi lo había logrado pero el señor, que hasta entonces había permanecido mudo, prendió la luz para preguntarme la opinión sobre la decisión del gobierno de anular las leyes del perdón. Confieso que el tema es uno de mis favoritos así que esta vez giré noventa grados el cuerpo y preparé el discurso de mi vida sin dejar de mirar la cara de espanto de mi marido que le teme a mis palabras y al odio ciego que le tengo a los militares. Concluí el tema victoriosa por la falta de opinión de mis interlocutores y hasta les empezaba a perdonar haberme malogrado el viaje cuando el hombre con voz desafiante dijo: si no hubiera sido por los militares este país hubiera continuado siendo un desastre. Nunca supe que me enojó más, si las pocas neuronas que parecían darle vuelta por el cerebro o el haber gastado un rato de mi tiempo diciéndole lo que pensaba.
Di vuelta la cabeza para mirar el velocímetro. A mi marido le gusta viajar rápido y por una vez me alegré. Ciento cincuenta. Era una buena velocidad.
Abrí la puerta de atrás y con una patada cometí el tercer asesinato del día.
Me acomodé en el asiento, cerré los ojos y dormí hasta que me avisaron que habíamos llegado. El departamento donde se alojaban nuestros compañeros se ubicaba cerca del hotel dónde siempre parábamos así que fue sencillo encontrarlo. Bajaron el equipaje con la servicial colaboración de mi esposo mientras yo miraba a los tres sin poder disimular la bronca. Algo tenía que hacer; cerré un ojo, enfoqué con el otro hacia el dedo índice que apuntaba hacia ellos y disparé. Qué bien sonó ese disparo. Merecían morir, al fin de cuentas me habían arruinado el viaje.

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La vincha roja

"Dibujo a lápiz - Niña" Johina García-Concheso
Mi abuela me mira con cara de mala y dice que me saque la vincha; nena, cómo se te ocurre ponerte una vincha roja. No grita pero se ve que está enojada. Y yo no quiero sacármela, no sé por qué no le gusta mi vincha, aparte mi mamá siempre me repite: sacáte los pelos de la cara, ponéte una vincha. Y la vincha roja es la más nueva que tengo, me la compró mi mamá antes de irse a Brasil. Mi mamá y mi papá tuvieron que viajar a Brasil porque ahí iban a operar a mi hermano. Tenían que sacarle unas manchas de la boca y de las uñas. Cuando mi hermano y yo jugábamos en la vereda las viejas que pasaban lo miraban y algunas hasta le decían que había comido muchas moras, entonces yo les explicaba que las manchas no eran por las moras sino porque estaba enfermo.
No quiero estar más en la casa de mi abuela, menos mal que hoy llegan de Brasil. Parece que en Brasil hay un médico que sabe sacar manchas como las de mi hermano. Ahora que se las sacaron van a venir en un avión tan chiquito que solamente entran el que maneja, mi papá, mi mamá y mi hermano. Eso lo dijo mi abuela.
El aeropuerto está repleto. Está tan lleno como cuando vienen los paracaidistas. Mi papá, mi hermano y yo no nos perdemos ninguna función. A mi papá y a mi hermano les gustan los aviones, a mí no. A mí lo que me gusta son los helados que venden cuando hay fiesta.
Hoy al aeropuerto vinieron los amigos de mi papá y unos vecinos que viven en la esquina. Las alumnas del colegio donde trabaja mi mamá andan por todos lados, me doy cuenta por el uniforme azul. Yo quiero ir al colegio para usar ese uniforme azul.
También vino mi madrina, mi madrina es buena pero me da bronca que por culpa de ella me obliguen a invitar varones a mis cumpleaños. Cómo no vamos a invitar a Lucas, es el hijo de tu madrina. Pero Lucas es el último en irse de casa y mi mamá no me deja entrar a la pieza donde se guardan los regalos hasta que no se hayan ido todos.
Algunas alumnas del colegio se acercan para hablar conmigo, la de anteojos me pregunta cuántos años tengo y si extraño a mi hermano y la que está a su lado me acaricia la cabeza. Me molesta que me toque el pelo pero no le digo nada.
Mi abuela me agarra de la mano y me la aprieta para que no me mueva. Está seria y cuando le hablo ni me contesta. Una de mis tías le dice algo en el oído, me da rabia que se digan secretos. Le prometí a mi abuela portarme bien por eso no le hago acordar que ella se enoja si yo digo secretos.
Yo sabía que hablaban de mí. De nuevo empieza con que no le gusta la vincha. Me pongo las manos sobre la cabeza y me largo a llorar pero me seco rápido los ojos, las alumnas del colegio me miran.
Menos mal que una señora viene a saludar a mi abuela, no me reta más porque se quiere hacer la buenita delante de la señora.
Hace un montón que estamos en el aeropuerto y estoy aburrida, se ve que las alumnas del colegio también están aburridas, dan vueltas por todos lados y no les hacen caso a las profesoras que les dicen que se queden quietas de una vez.
Ya se ve el avión, se lo muestro a mi abuela y a unos señores que están con ella. Mi abuela dice otra vez que me calle y que no me mueva de su lado. Cuando el avión aterriza mi tía me arrastra hasta la escalerita. La gente también se apura para llegar hasta el avión, algunos me pisotean y me llevan por delante.
La primera en bajar es mi mamá, está seria y no me mira. Mi papá aparece detrás de ella. Cuando los alcanzamos me agarro de los pantalones de mi papá. Quiero saber si mi hermano lloró cuando lo operaron y si es verdad que aprendió a hablar como la gente que vive en Brasil. Mi papá se pasa una y otra vez la mano por la cabeza, mi mamá siempre dice que él hace eso cuando está preocupado. Debe estar muy preocupado. Mi mamá ni me mira pero no me importa, por fin están de vuelta. Cuando estemos en casa les voy a decir que no me quedo más en la casa de la abuela.
Mi tía vuelve a tironearme para que dejemos lugar a los amigos y vecinos que se acercan a saludar a mi mamá y a mi papá. Me corro un poco y las alumnas del colegio le dan besos a mi mamá, son un montón así que no sé hasta que hora van a estar dándole besos.
La puerta del avión se cierra y un señor retira la escalerita. Mi hermano no bajó.
Mi tío nos lleva a casa en su auto. Desde el asiento de atrás miro mi vincha roja en el espejo. No me siento bien, quiero llegar rápido a casa.

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El sello

Extendió el rollo de papel sobre la mesa y lo estiró para que ninguna arruga complicara la tarea. La caja era grande, resultaba evidente que quería estar seguro de que el tamaño del papel fuera el adecuado. Hizo un esfuerzo para levantarla, la apoyó sobre la panza y la sostuvo con un brazo mientras con el otro acomodaba el centro del papel que había desplegado. Ubicó la caja justo en el medio, entonces dejó salir el aire. Escuché la respiración agitada y pensé, de verdad pesa mucho.
Yo me había sentado en la punta de la mesa con la cabeza apoyada sobre el brazo izquierdo, el que había colocado a modo de almohada. Cada tanto me corría para permitirle que acomodara el papel madera pero volvía a la misma posición para no perder ningún detalle. Dobló un lado del papel y lo estiró para adherirlo a la caja, hizo lo mismo con los otros costados hasta convertir lo que sobraba en un triángulo perfecto. Sólo era necesario memorizar cada paso. Por lo bajo repasaba los movimientos para no olvidarlos.
Más tarde practicaba con el forro de mis cuadernos. Los vértices nunca terminaban en punta. Estiraba el papel y volvía a intentarlo pero sólo conseguía triángulos de cuatro lados. No debo olvidar nada, me decía. Después de muchas pruebas el forro quedaba demasiado arrugado para seguir. Algo se me había escapado. Juraba que la próxima vez prestaría más atención.
Le acerqué el ovillo de hilo y lo dejó caer al suelo mientras sujetaba la punta con la que comenzaría a envolver el paquete; dio varias vueltas, lo entrecruzó, apoyó el dedo índice sobre el punto donde se cruzaban los hilos y con una habilidad que él dudaba poder conseguir alguna vez, hizo los dos nudos.
Con un marcador negro escribió el nombre del destinatario, las letras siempre eran grandes y ocupaban la mayor parte de la caja. En el rinconcito de la derecha, y bien abajo, las iniciales del remitente: R R.
Faltaba muy poco para terminar, me preparé para lo que vendría a continuación.
Traía una caja blanca en la que alguna vez había guardado zapatos y sacaba de allí unos fósforos, una barrita de lacre rojo y un sello con sus iniciales.
El primer fósforo se le apagó antes de que la llama pudiera formarse, protestó por la mala calidad y tuvo que encender otro. Acercó la llama azul a la barrita que brilló al contacto con el fuego. La barra de lacre hervía para desintegrarse en miles de burbujas. Cuando el fósforo estaba casi consumido las burbujas se unieron y formaron las gotas que cayeron sobre la caja. Dos, tres, diez gotas. Debe ser rápido, me dijo, era necesario que el lacre estuviera caliente para que las letras del sello quedaran estampadas. Lo apoyó haciendo presión mientras restos de lacre deformados salían fuera de los bordes.
Levantó la mano y ahí estaban, dos R entrelazadas en el medallón estampado en la encomienda.
Era el mejor acto de magia. Mi padre, sin prestarme atención, moldeaba la barra de lacre deformada por el fuego mientras yo pensaba: no cualquiera se atreve a dejar su sello.

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Bienvenidos

Joaquín no me había dado muchas explicaciones pero fueron suficientes como para encontrar la entrada del pueblo: “cuando atravieses el cruce de la ruta once girá a la izquierda. Ahora tenía el auto frente a un cartel que me daba la bienvenida.
Seguí adelante por la calle asfaltada, según me había dicho habría un solo hotel y no me sería difícil reconocerlo. Una cuadra más adelante encontré el cartel: Hospedaje.
Agarré la mochila y bajé del auto.
Los restos despedazados de la tapa de plástico apenas cubrían los cables pelados así que tuve cuidado al apretar el timbre.
-Está cerrado –gritó la mujer-, no damos más hospedaje.
-Me manda Joaquín –acerqué la cara al vidrio roto de la puerta-, ¿se acuerda de él?
La mujer abrió la puerta.
-Joaquín, cómo no me voy a acordar –y repitió-, Joaquín. –Tuve la sensación de que hacía todo lo posible por no mirarme.
-Necesito quedarme una noche en el pueblo.
-No puede parar acá –dijo sin levantar la vista-, cerramos hace tres meses, nadie viene a este pueblo.
El abandono era evidente pero Joaquín me había dicho que ese era el único lugar para dormir.
-Es sólo por esta noche –insistí.
Me hizo señas con la mano para que esperara y entró. A los pocos segundos volvió con un papelito.
-Acá está –dijo agitando el papel-, él lo va a recibir. Llamé por teléfono, lo espera. Una cuadra más y doble a la izquierda, la segunda casa blanca.
-¿Está segura? –pregunté indeciso mientras leía el nombre escrito en el papel.
-Vaya, hombre, ya está todo arreglado. A ver si usted le trae un poco de paz a ese viejo.
Enseguida la vi, la segunda casa blanca. Las otras casas de la cuadra no debían de haber sido pintadas desde hacía mucho tiempo.
Bajé del auto. El hombre abrió la puerta justo cuando yo estaba por golpear.
-¿Román Andrade? –pregunté.
-El mismo.
Román Andrade me llevó hasta la habitación que tenía para mí y me dejó recordándome que a las nueve estaría lista la comida. Miré el reloj, tenía dos horas para descansar.
Después de un baño me tiré en la cama y leí una y otra vez los nombres y las direcciones de los sobres, buscaba alguna pista que me indicara para qué había ido hasta el pueblo. “Dejá un sobre en cada dirección pero no esperes respuesta”, me había pedido Joaquín.
Los golpes en la puerta me sobresaltaron, por la ventana entraba el reflejo del farol de la esquina. Me prendí la camisa y guardé los sobres en el bolsillo.
En el comedor me esperaba Román Andrade.
-Me quedé dormido.
-No tiene importancia –dijo.
Con un gesto me hizo señas para que me sentara.
Llevaba varias horas sin probar nada así que comí con ganas. Le pregunté si podría ayudarme con las direcciones de las cartas; sin contestarme corrió a un costado la panera y señaló el lugar en la mesa dónde debía apoyar los sobres.
-Vengo de parte de Joaquín –dije mientras sacaba los sobres del bolsillo para acomodarlos en el lugar indicado-, ¿lo conoce?
No dijo nada, sólo estiró la mano para alcanzar los sobres. Leyó las direcciones y apiló las cartas.
-Esta es para mí –dijo y la guardó en el cajón que la mesa tenía al costado-. Claro que conocí a Joaquín –hizo un largo silencio y continuó-, fui amigo de su padre.
-¿En serio? –dije intrigado.
Nos quedamos callados. El silbido que salía del pecho de Román Andrade sonaba fuerte.
Joaquín era escritor, lo había conocido un año antes en la casa de un empresario, la novela que acababa de publicar se vendía bien. Nos hicimos amigos, a los dos nos gustaba leer y nos prestábamos libros. La última vez que supe de él fue cuando el portero del edificio me entregó el paquete. Lo había dejado Joaquín; un libro, las cartas que quería que entregara y la nota en dónde me lo pedía: “sé que vas a poder hacerme este favor, cuando atravieses el cruce de la ruta once girá a la izquierda, en ese pueblo entregá las cartas pero no esperes respuestas. Hay un hospedaje en la calle asfaltada, decí que te mando yo”. En ese momento leí una y otra vez la nota para ver si lograba descubrir algo, yo tenía demasiadas cosas que hacer como para ocuparme de ese pedido. Dejé el sobre entre mis libros y lo olvidé por completo hasta que un amigo me avisó que Joaquín había muerto. “A lo mejor sabía que iba a morir y quería despedirse del pueblo”. No lo pensé mucho y el fin de semana siguiente viajé.
Después de unos minutos Román Andrade preguntó.
-Por qué fue el elegido.
-¿El elegido?
-El elegido por Joaquín para traer las cartas.
-No sé. Si él viviera yo no estaría acá –dije con culpa-, sólo vine para cumplir con los deseos de un muerto.
-Por algo lo debe haber elegido –dijo-. Joaquín no se lo hubiera pedido a cualquiera.
No supe que contestar, yo también me había hecho esa pregunta
-Me voy a acostar –dije.
Me fue difícil dormir. Le eché la culpa al colchón, a la luz de la calle que se metía por el listón de madera que faltaba en la persiana y hasta al grillo que chillaba debajo de algún mueble. La pregunta del viejo seguía dando vueltas en mi cabeza: por qué Joaquín me había elegido. Y qué dirían las cartas.
A las ocho de la mañana estaba despierto, quería terminar cuánto antes. Román Andrade esperaba junto a la puerta, me serviría de guía.
-Primero a lo de los González –dijo señalando hacia la derecha-, sígame.
En la casa de los González dejamos la primera carta. La señora que la recibió no hizo preguntas, parecía que la había estado esperando. Rompió la carta y nos cerró la puerta en la cara.
Entonces Román Andrade habló.
-Nosotros matamos al padre de Joaquín. Yo y cada uno de los que reciban estas cartas. Habíamos sido amigos en la escuela secundaria pero nos fuimos del pueblo cuando comenzamos la universidad. Sólo el padre de Joaquín se quedó, el dinero de la familia no daba para tanto. Después de unos años nos enteramos que se había metido con un grupo que andaba en cosas raras. Eran épocas jodidas, en la ciudad sabíamos lo que podía pasar. Tratamos de advertírselo pero no quiso escucharnos: “se cambiaron de bando, ahora que son de la ciudad se cambiaron de bando”; nos repetía.
A los pocos meses nos enteramos que había tenido que esconderse. Andaban detrás de él y nos pidieron ayuda. Entonces se nos ocurrió la idea, habíamos sido sus amigos y sabíamos como hacerlo salir del escondite. Su esposa estaba embarazada. La nota que publicamos en el diario del pueblo decía: La esposa del conocido dirigente de las Ligas Agrarias Pedro Bustos dio a luz un varón.
Esa noche llegó a la casa para conocer a su hijo Joaquín. Estaban escondidos en todos lados y lo rodearon. Nunca supo que fue una trampa. Su hijo nació al día siguiente.
Todos los años recibimos una carta como las que usted trae. Joaquín nunca nos perdonó. El problema es que nosotros tampoco pudimos perdonarnos. Un pueblo miserable como este no puede darle la bienvenida a nadie.
Siguieron los Roldán, luego los Frigerio y otros más. Todos recibieron una copia de la nota del diario de ese entonces y todos rompieron las cartas.
Volví a la casa. Román Andrade me seguía unos pasos más atrás.
Sin hablar me metí en el dormitorio y cerré las cortinas para evitar el sol del mediodía. En la oscuridad la cara de Joaquín se me hacía más nítida.
Guardé mis cosas y salí de la habitación. Di vueltas por la casa para encontrar a Román Andrade pero no estaba. Sobre la mesa del comedor dejé la nota en la que le agradecía la hospitalidad. Al final de la hoja agregué: En la última novela de Joaquín el personaje pierde a su padre en la guerra y lo odia por haber elegido al país antes que a su familia. “Hasta en los ideales más generosos el hombre es un egoísta, los ideales se sostienen a costa del sufrimiento de otros” Yo no estaba de acuerdo con eso y lo discutí con Joaquín. Ahora sé por qué me eligió.

La única calle asfaltada me guiaría a la ruta. Ajusté el cinturón de seguridad y en el cruce de la ruta once doblé hacia la derecha, directo a casa.

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Gestión municipal

"El Señor de las Gallinas" - Rafael Chávez
Yo sabía que las personas pueden tener estrés pero nunca me imaginé que las gallinas pudieran estresarse. Pero eso fue lo que dijo el veterinario. Y fui al mejor veterinario del pueblo. Le llevé mis gallinas para que las revisara porque las pobres andan todas lastimadas y no quieren poner huevos. El veterinario las miró rapidito y enseguida me dijo que era estrés. Parece que cuando comienzan a picotearse unas a otras es porque están nerviosas. Da pena verlas, les faltan plumas y tienen el cuero todo agujereado. Una por una les limpié la sangre y les desinfecté las heridas pero eso no va a ayudar mucho. “Hay que atacar el problema de raíz” dijo el veterinario. Por más que pensé y pensé no me daba cuenta qué las podía poner nerviosas. Hablé con el que me vende el maíz y dijo que es el mismo maíz que me vendió el mes pasado. Y el mes pasado no estaban lastimadas. El agua tampoco podía ser porque toman la misma que yo. La cantidad de días que me llevó darme cuenta qué las ponía locas. Al final me sirvió pasar tantas horas sentado en la vereda, mirándolas.
Fue mi compañero el que insistió para que vaya a la Municipalidad. Dice que el Intendente tiene la obligación de ayudarme. Mi compañero me entiende porque la pasó muy mal cuando estuvo de licencia. A él el estrés le vino porque tenía miedo de quedarse sin trabajo, manejaba el camión regador y ya no quedan calles de tierra. Y con la escasez de agua que hay en el pueblo no van a regar el pavimento. Menos mal que consiguió que lo trasladaran a otro sector. Es cierto que en el pueblo hacía falta que se pavimentaran más calles, también es cierto que con tanto pavimento muchos van a volver a votar al Intendente, pero a mí me parece que el Intendente tiene algo personal con las calles de tierra. Dentro de poco no va a quedar tierra ni para poner una planta.
El pavimento ya está, eso no tiene solución, pero por lo menos que me dé unas cuantas chapas para encerrar a mis gallinas. Como para que no estén estresadas, da pena verlas picoteando el asfalto, parece que no pueden entender por qué la tierra se volvió tan dura.

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Inocente

"Inocencia" Carmen Mir Adorna
Sobre el césped había una capa de escarcha pero yo estaba transpirada a pesar de que sólo tenía puesto un pulóver liviano. Dejé la pala a un costado, si mis cálculos no fallaban, hoy quedaría terminado el pozo que había comenzado a cavar hacía cuatro días.
La última vez que había hecho un pozo había sido para plantar las petunias en el patio. Ahora estaba cavando una sepultura y ni siquiera tenía la suerte de que el muerto fuera un tipo petiso y flaco. No, como todo en la vida esto también se me presentaba complicado; el muerto debía pesar ciento cincuenta kilos y cuando estaba vivo se agachaba para poder pasar por debajo del marco de una puerta. Gran parte de los kilos se le habían acumulado en la panza así que el pozo no sólo tenía que ser ancho y largo sino lo bastante profundo como para que el cuerpo quedara bien cubierto. Confieso que el tamaño del hombre me había hecho dudar cuando había tenido que decidir mi futuro de homicida. Pero ya no tenía dudas, había valido la pena matarlo. Era cuestión de paciencia y ahora estaba frente a una fosa perfecta. Esperaba que por lo menos semejante despliegue de actividad física me fuera útil. Hoy, en el espejo, había podido confirmar que la celulitis se me había acentuado.
El frío había servido para que el cuerpo no se pudriera tan rápido pero por mi obsesión con los olores llevaba gastada una fortuna en desodorantes de ambiente. Después de enterrarlo iba a tener que hacer una buena limpieza en la habitación dónde estaba escondido. Ahí guardaba todas las porquerías que había juntado en los diez años que llevaba en esta casa. Quién me hubiera dicho que la camilla de mi vecino por fin iba a servir para algo. Un año atrás me había pedido que se la guardara por unos días pero hasta ahora no la había venido a buscar. Esa camilla era justo lo que necesitaba, las patas se plegaban o extendían con facilidad y no se requería mucha fuerza para empujarla. Para tirar el cadáver adentro del pozo sólo tenía que sacar la traba de las patas traseras y dejar que el cuerpo se deslizara.
Este era mi primer muerto y hasta ahora todo venía saliendo bien a pesar del cansancio. Del éxito de este crimen dependería que me animara con los otros que seguían en la lista. Seguro que después se agregarían algunos más, por ahora, tres era un buen número para poder enterrarlos en mi patio. Llegado el momento me pondría a pensar dónde cavar nuevas fosas. El patio era amplio pero estaba lleno de plantas y no era cuestión de estropearlas así que planeé con cuidado la ubicación de las tumbas. Al final fue necesario tomar una decisión: un muerto menos o una planta menos. Con tristeza saqué el jazmín que estaba junto al muro aunque volvería a plantarlo cuando la tumba estuviera terminada. El invierno podría ayudarlo a soportar unos días fuera de la tierra. En su lugar, cavé la fosa destinada al gordo de dos metros.
Todos los datos de los homicidios estaban en el cuaderno azul que me había comprado para estos fines; número de orden, nombre de la víctima y hasta las razones por las que debía matarlo. Los únicos detalles que no me importaban eran los referidos a las huellas o a las señales que pudieran incriminarme. En mi pueblo nadie es capaz de imaginar que una mujer pueda matar. Ni siquiera creerían que había podido cavar un pozo tan profundo.
Encabezaba la lista de mi cuaderno el enorme traumatólogo que me había atendido unas semanas atrás, después del choque en el que perdí a toda mi familia.
Cuando preguntó cómo me había golpeado las piernas tuve que darle algunos detalles del accidente. Le hablé del camión que se nos había venido encima, de las dos o tres vueltas que dimos por el aire y de las llamas gigantescas que cubrieron el auto. Salir despedida por el parabrisas me había salvado de morir carbonizada junto a mi esposo y a mis hijos. Menos mal que en la cara sólo tenía unos rasguños, no habría soportado vivir llena de cicatrices.
El relato debió de haberlo impresionado, sin preguntarme si quería tomar algo me sirvió un café y habló sin parar de las necrológicas de su familia. Escuché los pormenores del accidente de la suegra, ocurrido seis meses atrás, y siguió con la muerte del hermano a causa de alguna enfermedad medio rara. Perder a un hermano me pareció algo muy doloroso así que le di mis condolencias y le pregunté cuándo había sucedido. Hacía dos años y medio. La respuesta me sobresaltó. No tenía derecho. Debía tener noticias más frescas para competir conmigo y eso lo hacía merecedor de un castigo.
Le pisa los talones la vieja que cada vez que me ve, llora. Es la segunda en la lista. Con qué derecho llora si a ella no se le murió nadie. Sólo por eso merece morir. Escucho su llanto cuando estoy en la farmacia, en la panadería y en la masajista a la que voy para que me alivie de los dolores que me quedaron después del choque.
La masajista es la tercera que voy a matar. Está empeñada en convencerme de que tengo que seguir con mi vida. Cada vez que repite esa frase sé que tengo que matarla. Quién le dijo que yo no sigo con mi vida. La primera vez que me lo dijo me quedé pensando a qué se refería. Si no hubiera seguido con mi vida no estaría pensando cómo matar a la vieja llorona. O no habría matado al traumatólogo que quiso ser más importante que yo. Aún faltan algunos nombres para completar la lista, de eso estoy segura.
El pozo está terminado. Una vez que el traumatólogo esté bajo tierra voy a hacerme una máscara de leche de pepinos mientras miro en la tele el noticiero local. Más tarde vuelvo a plantar el jazmín que estaba junto al muro, estas son las últimas heladas y la tierra ahora tendrá abono suficiente como para que el jazmín crezca fuerte y se llene de flores.

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